Sólo el cambio es eterno, postuló Heráclito de Efeso. Fiel a esa ley ineluctable doña Facilisa cambiaba de amante cada mes, generalmente los días 15, sobre todo si caían en viernes. Su abnegado consorte, don Astasio, conocía ya esa costumbre de la metódica señora, y se resignaba a lo inevitable. Lo único que hacía era apuntar en una libretita palabras denostosas para decirlas a su mujer cuando la hallaba en uno de sus eróticos desvíos. Cierto día el mitrado cónyuge llegó a su casa y encontró a su esposa en compañía de un mocetón membrudo y de embestida franca, como de becerro añal, pero silvestre en materia de erotismo. A leguas se veían su inexperiencia y su falta de imaginación, por lo cual doña Facilisa era la que llevaba las acciones. Fue don Astasio al chifonier en cuyo cajón guardaba