Jean Cusset, ateo siempre con excepción de la primera vez que vio sonreír a su hijo, dio un nuevo sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre- y continuó:
Yo amo las oraciones que aprendí de mi abuela y de mi madre: el dulce Ángelus que pintó Millet y el angustioso clamor esperanzado de la Salve Regina medieval. Amo el Credo tridentino, tan rotundo. Y amo las ingenuas oraciones que salían de boca de mi vieja nodriza campesina, asustada por las cosas que no entendía y más asustada aun por las que conseguía entender: "Enemigos veo venid, sangre de mis venas quieren, yo no se las quiero dar, ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar!".
-Amo esas oraciones -siguió diciendo Jean Cusset- porque las aprendí de gentes que creían y en las que creo yo. Las recito de pronto, y en cualq