Antes el Informe Presidencial era un rito vacío de sentido. Ahora es un ritual vacío de sensatez. Recuerdo con nostálgica ternura una vivencia de mi juventud. Reportero novel de un periódico en mi natal Saltillo, asistía a la solemne ceremonia organizada por las autoridades locales para escuchar el Informe del Señor Presidente. Ese fasto suceso tenía verificativo -así decía el pliego invitatorio- en el salón de recepciones del Palacio de Gobierno. Al frente de la sala se ponía una mesa, y sobre ella un gran aparato de radio, pues no llegaba aún la tele a mi ciudad. El público que colmaba el recinto estaba formado por funcionarios y empleados estatales y municipales, presididos por el Secretario General de Gobierno, en ausencia del Gobernador, que había viajado por ferrocarril a la Ciudad d