Se le acabó la vida a don Jobilio, manso varón cuya vida fue una larga paciencia. Jamás pecó el buen hombre, quizá por no haber tenido nunca la ocasión, y por tanto subió al Cielo de los bienaventurados. Era un contento estar en el empíreo: cantaban los coros celestiales con acompañamiento de címbalos y arpas; subían y bajaban las ordenadas jerarquías de ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines. Además el clima era muy bueno, de 23 grados casi siempre, como el de Saltillo, mi ciudad. Pero -¡ah, ni en el Cielo deja de haber peros!- al paso del tiempo Jobilio se aburrió. Todo era tan igual; las semanas y los meses se sucedían en sucesiva sucesión. Se inscribió don Jobilio en uno de los coros celestiales: bien pronto lo hastiaron los