Hacía muchos años que no viajaba por nuestras carreteras. Elvira que nunca puso peros para los viajes que por ellas hicimos en el pasado, empezó a ponerlos desde que nació este milenio y, desde entonces, cada vez que salgo de casa por la mañana me encomienda al ángel de mi guarda y me lo sienta adelante a mi derecha, y en el asiento de atrás acomoda a santos que ella conoce y les tiene la confianza suficiente como para confiarles mi seguridad.
Teníamos aceptado que, para nosotros los viajes se habían acabado, más que nada por mi rodilla, mis ojos y mis oídos que, por más ayuda que les proporciono, sobre todo estos últimos que me hacen escuchar unas cosas por otras y cuando todos siguen caminando por lo parejo, a mí lo que escucho me hace ir a los cerros de Úbeda; pero, no, afortunadamente