Aquel muchacho, norteño, decidió irse a los Estados Unidos a probar fortuna. Después de varios meses sin saber de él, su padre se enteró de que se hallaba en Nueva York. Le escribió una carta, y puso en el sobre simplemente: "Pa m’hijo, en Nueva York”. El servicio postal hizo llegar la misiva a la gran ciudad, pero hasta ahí. El personal de correos neoyorquino se volvía loco tratando de determinar el destinatario de la carta. Intervino el director, pues es cuestión de honor para los empleados postales norteamericanos hacer llegar las cartas a su destino, llueve, truene o relampaguee y aunque las señas en el sobre sean mínimas. Pero aquella carta era la más difícil que les había tocado nunca entregar. El sobre decía simplemente: "Pa m’hijo, en Nueva York”. Desesperab