Nosotros domingo 1 de ago 2004, 11:22am - nota 12 de 31

De La Vida Misma / Viajes inolvidables

Miguel A. Ruelas

Hablábamos en la columna anterior de uno de nuestros personajes inolvidables, don Antonio López Vázquez, el inolvidable ?Panzón?.

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Hoy recordemos algunos de los viajes inolvidables que realizamos.

El primero, y más impactante ocurrió cuando éramos niños.

Tío Pablo tenía un camión de carga que un día lo llenó de peregrinos que trasladaría a Plateros, muy cerca de Fresnillo, Zac.

Todos los viajeros querían pagar ?mandas? o agradecer favores al Santo Niño de Atocha, que los había salvado de enfermedades, accidentes o problemas económicos.

Pero entre los viajeros iba un niño como de tres años muy enfermito. Tosía frecuentemente y su madre le limpiaba la boquita de donde salía a veces un poco de sangre.

Habíamos iniciado el viaje cantando, pero pronto nos callamos cuando escuchábamos la tos del niño y viendo la tristeza de la madre.

Fue pues un viaje silencioso y triste.

En Plateros duramos dos días. Muchas misas y no pocos rosarios.

Una y otra vez veíamos los retablos pendientes de las paredes, donde muchísima gente agradecía los favores recibidos, por accidentes, enfermedades, ausencias, etc., etc.

Fue un tiempo en el que cada quien se acomodó donde pudo a falta de hoteles, albergues o dinero, así que en esos días cada quien anduvo por su lado.

El día del regreso todos recordamos al niño enfermo y su afligida madre.

Fueron los últimos en llegar al camión. El niño traía un rehilete de colores que daba vuelta y veía embelesado. La mamá era otra, se le veía contenta.

Iniciamos el viaje y todos esperábamos la tos del niño, pero ésta no aparecía.

El pequeño lucía sano y contento, la mamá, feliz.

Y fue ella la que nos dijo: ?El Santo Niño de Atocha curó a mi hijo?.

Todos nos quedamos impactados.

Esto es totalmente cierto. Fue un viaje que nunca olvidaremos y una demostración irrefutable de que hay cosas más allá de lo normal.

Cuando viajamos al sur frecuentemente nos detenemos en Plateros y nos viene a la mente aquel viaje y aquel niño enfermo y su sanación.

Cada vez es mayor el número de retablos que penden de las paredes de las secciones contiguas a la iglesia del Santo Niño, muchos van cambiándose y almacenándose en algún lugar. La fe de los mexicanos es algo que nadie arrebata y que crece en estos tiempos difíciles.

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