Eran los tiempos de la Revolución. El general Alazadio Culdefér, comandante de un regimiento de caballería, llegó al pueblo con sus hombres después de varios meses de campaña. Los soldados venían lúbricos, rijosos por efecto de su larga abstinencia de carnalidad. Se sabe -aunque esto la Historia no lo dice- que algunos ya empezaban a ver con ojos tiernos a sus compañeros de vivac. Tan urgidos estaban los jinetes de trato con mujer que pidieron permiso al jefe de visitar a las daifas que hacían comercio con su cuerpo en la casa de lenocinio del lugar. Conocedor de la naturaleza humana otorgó su permiso el comandante, pero puso una condición. Dijo a sus hombres: "Somos del arma de caballería. Así, haremos esto al uso militar. El enemigo nos sigue muy de cerca; quizá tengan ustedes que suspen