Un ingenuo joven llamado Simpliciano Pendejier viajó a la gran ciudad y conoció en el bar de su hotel a una mujer. Al instante se prendó de ella creyendo que era mozuela, pero tenía muchos kilómetros recorridos, y todos de terracería. La daifa lo llevó a una habitación del propio hotel y ahí le enseñó cosas que Simpliciano jamás había visto, y otras que nunca había hecho. Al terminar la erótica delectación Simpliciano le dice a la pendona con expresión de arrobamiento: "¡Qué noche tan hermosa! ¡Me gustaría conservar un recuerdo de esta noche de amor!”. Responde ella: "Cómo no. Ahora que me pagues te daré un recibo”... He aquí una más de las historias de Empédocles Etilez, ebrio consuetudi-nario apodado en el bajo mundo "El Corcho” porque siempre anda pegado a la botella.