L U N E S
Ricardo llegó, como todos los lunes al cansarse el sol, con una bolsa llena con panes diferentes como pretexto para la plática que rompe el silencio vespertino impuesto por la fabricación de ésta u otra columna.
En esta ocasión trae además, por primera vez, una preocupación que suelta de buenas a primeras diciendo: “¡Qué rápido se va el tiempo!”. Esta verdad de a folio es el primero de mis hijos que la nota, y eso que todavía no llega al medio siglo, y me la dice. Pero, tiene razón. El tiempo no está ocioso jamás.
Diariamente nos hiere. A diario nos infiere una herida en alguna parte del cuerpo, notémosla de inmediato o no; siempre hay un día, para unos antes que para otros, pero del que nadie escapa en que todos comenzamos a notar la celeridad del tiempo.
Comi