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El faro

César Garza

   Te sientas al pie del faro, esa luz que seguramente ha tranquilizado a viejos marinos en noches de tormenta, abres el termo y le das un trago a ese café que tanto te gusta, el primero de la mañana, caliente, negro, fuerte, lo tomas así desde tus amaneceres universitarios, cuando tu sueño de vida era diferente a lo que esperas hoy, otro tiempo y otro espacio. El cambio resulta ser la constante permanente en la vida, somos seres que debemos adaptarnos continuamente, con necesidades cambiantes, la buena noticia, es que con cada año que pasa, ellas, las necesidades, se vuelven también más simples.

   Prendes un cigarro, aspiras con deliberada lentitud, lo saboreas, expeles el humo despacio, las volutas ascienden lentamente mientras la enorme bola anaranjada se asoma en la línea que parece unir al mar con el cielo, cierras los ojos y capturas el instante, sientes la brisa acariciar tu rostro casi con la suavidad con la que lo hace tu mujer, te gusta el olor a mar, sus sonidos, el suave quebrar de las olas; recuerdas una novela de Asimov donde el protagonista estaba como tú ahora, disfrutando un momento similar, solo que él planteaba mentalmente ecuaciones diferenciales que describían el movimiento de las olas, tu, solo te conformas con sentir, no necesitas más, ya vendrán otros que tendrán que adaptarse a otras circunstancias o hasta a nuevos mundos cuando hayamos destruido éste.

   Das otro sorbo seguido de otra chupada, Dmitri, tu perro, que en esta ocasión te acompaña y que por su naturaleza está más atento a otras cuestiones que para él resultan más importantes, te saca de tu reflexión cuando sale corriendo detrás de una hermosa pomerania que se pasea por el malecón. Vas tras él.

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